jueves, 8 de noviembre de 2007

Siete - Tommy W

Siete

Siete ascendió a la azotea por el mero instinto de estar allá arriba. Observando calmadamente el pasar de las cosas que tan cotidianas son los martes en la mañana; los niños corriendo para llegar al colegio temprano, el vendedor de vegetales abriendo su local a la hora correcta, el sacristán de la iglesia local tocando con gran potencia la campana, comenzando a despertar para iniciar otra jornada.

Siete se siente enorme, pero destrozada por dentro, falta de amor, falta de todo. Siete tiene esos deseos tercos de bajar de la azotea, correr a dónde él trabaja y decirle -Te perdono. Y ese deseo crece tanto; tanto, tanto.

Pero no lo hace. Siete no lo hace. Se queda ahí, estática observando el horizonte, a los edificios, a las personas, a la decadencia lenta, al olvido, al dolor, a la falta de amor y a ella misma. Y a pesar de ese ejercicio de observar, y de estar en cierto modo calmada, no se siente parte. Se siente externa. Se siente accidentada y seca.

--¡Francisco; te perdono, no hay rencores, pero no me vas a volver a ver. Jamás!

Ella grita desde esa azotea, creyendo tontamente ser oída. Siete alza los brazos en seña de desear volar, cierra esos ojos color cielo, respira lentamente; da dos pasos lentos al borde de la azotea, y siente ese viento frio. Se le congela la sangre, dos pasos más, y siente -mejor dicho no siente esas piernas blancas-. Cae de rodillas en el mero borde. Esa respiración agitada, esos ojos con lágrimas, esa voz temblorosa, la acompañan como si se tratara de simple fantasía. Se pone de pie, apoyándose en el barandal, respira, cierra los ojos, y salta.

Apagando ese mito tan propio.

Tommy W.

www.myspace.com/thetommywonder